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Autor Tema: Una nimiedad  (Leído 7456 veces)
jose31ca
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Mensajes: 315


« en: 07 de Marzo de 2009, 17:17:20 »

Una nimiedad


Sin ninguna clase de dudas, ayer fue un día nefasto para mí. Quizás el peor día de mi vida. Durante mis diecisiete años últimos, primeros y últimos, nunca había sufrido una sensación de impotencia tan acusada. Posiblemente, por ello, en estos momentos de cierta ansiedad, necesito dar rienda suelta a mis pensamientos.

Me desperté algo temprano, sobre las ocho de la mañana, y, después de prepararme la taza de café, sentí el impulso de conectarme a internet y navegar un rato, mientras se enfriaba un poco. Cuando la pantalla quedó en blanco, con la leyenda en azul anunciándome la entrada en funcionamiento del control parental, la rabia me invadió por primera vez durante el día. Mi madre, había manipulado en los contenidos visibles, y había configurado una contraseña para acceder al tipo de paginas como la que me había recomendado Ernesto ayer tarde. Me incorporé, me vestí y cogí los euros que me había regalado mi abuela por Navidad. Estaba decidida a fabricarme mi propia existencia, sin necesidad de conocer contraseñas o claves. Fui directamente al Banco Popular, y en la primera ventanilla solicité información para conseguir una tarjeta de crédito. El empleado, cortés, me indicó la necesidad de abrir una cuenta corriente donde cargar los pagos.

— Hazlo, no hay pega — le dije.

— Me da su DNI — me pidió, y nada más verlo añadió — Ummm…, eres menor de edad, por lo tanto necesitaré el de tu padre o tu madre, y, naturalmente, que vengan a firmar.

— O sea, que sin alguno de los dos, no hay tarjeta por lo que veo — remarqué.

— Efectivamente. Sólo tienes 17 años, por lo tanto, no es posible.

Abandoné las oficinas con un regusto más acentuado a incapacidad, a impotencia. Eche mano a mi bandolera, buscando el tabaco. Ni un cigarrillo. La visión del estanco me alegro. Sus puertas abiertas no me impidieron acceder al interior y solicitar a la dependienta un paquete de LM azul. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando la chica me solicitó, de nuevo, mi DNI.

— No parece que tengas 18 años.

Me di media vuelta, sin tan siquiera contestarle. La rabia me carcomía, impulsándome a patear lo primero que se me pusiese delante. Estaba visto que ese día, todo el mundo estaba dispuesto a marcarlo a fuego en el historial de mi vida. Al pasar por delante del Bar, vi la máquina expendedora de tabaco, el mando de su puesta en funcionamiento colgando encima, con el cartel pegado en un lateral, y bien visible la leyenda consabida “Si eres menor de edad, no puedes comprar tabaco, ni yo puedo vendértelo”.

— Asco de vida — escuché como me decía a mí misma — Tendré que buscar a Ernesto para poder fumar.

El anuncio en el Opi de la plaza me llamó la atención. Aquel “Identifícate” resultaba de lo más chulo. Leí la letra pequeña, y tome la decisión de identificarme. Toda la ciudad estaba llena de tiendas de operadores de móviles, y no tarde nada en encontrar el mío.

— Quisiera pasar mi móvil de tarjeta a contrato — le indique a la empleada con su camisa roja y el logo en el pecho.

— No hay problema. Es un segundo. Necesito tu carnet de identidad y la tarjeta del móvil para sacar el IMEI.

Nada más escuchar carnet de identidad, un ligero escalofrío recurrió mi espalda. Intuí que se acercaba algo negativo, repetidamente negativo.

— También el número de tu cuenta corriente.

— -No tengo cuenta corriente, no me dejan tener — repliqué algo desabridamente.

— Pues, tendrá que venir tu padre o tu madre, con el numero de su cuenta corriente. Si es que quieren, claro.

— ¿Y si no vienen? — pregunté con sorna.

— Pues, no te será posible pasar a contrato, y perderás tu número.

Cuando salí de la tienda, repasé mentalmente todo cuanto me estaba sucediendo desde que me había levantado, y comprendí que no eran más que pequeños detalles sin ninguna importancia. A fin de cuentas, qué significaba no poder tener una cuenta corriente, o no poder comprar tabaco, o no poder contratar mi propio móvil, menudencias, nimiedades. Por descontado, los viernes por la noche, tampoco podía ir al súper a comprar las botellas de vodka y cola, que sí conseguía Ernesto y sus compañeros, y que luego nos cepillábamos en pleno paseo marítimo. Más tarde, cuando Ernesto cogía el coche, viéndole tambalearse, sentía la necesidad de tener más edad y haberme sacado el carnet de conducir, que, ahora no tenía permitido. Otra nimiedad más. Como lo era el quedarme fuera y comprobar cómo Ernesto y demás compañeras y compañeros entraban en la sala para ver “Diario de una ninfómana”, sin problema alguno. Al fin y a la postre, mi rostro aniñado, era el que me delataba, y el que impulsaba a las taquilleras a pedirme el DNI, y, en caso de burlarlas con la mediación de Ernesto, siempre quedaba el escollo de los porteros impidiendome la entrada, por no tener ni aparentar la mayoría de edad. Nimiedades sin importancia, que otorgaban a la vida el morbo de superarlas como si de una pequeña aventura cotidiana se tratara.

Pero eso fue ayer. Ahora, cuando siento la cánula que penetra por mi cuello uterino, todo se evapora en mi mente. Una voz femenina, suave y delicada, me va explicando que inicia la succión, que es cuestión de cinco o diez minutos a lo sumo, que luego sentiré algo frio, que no me preocupe, que será el legra, la cuchara, que utilizará para eliminar los restos que puedan haber quedado en el útero. Que no tiene más importancia, y que, en veinte minutos podré abrazar a Ernesto que está afuera, en la sala de espera, aguardándome.

— En el fondo, esto de interrumpir el embarazo, como ves, es una nimiedad. Veinte minutos, y lista — seguía diciendo la voz femenina.

Ni tan siquiera tendré necesidad de quedarme internada ni un día. Saldré por mi propio pie, con una compresa entre las piernas, Ernesto me abrazará, luego firmaré en la hoja de mi historial clínico, sujeto a la legal protección de datos, y, seguramente Ernesto, para celebrar el haber salido del apuro, me invitará a una hamburguesa en McDonald,s.

Todo habrá terminado, sin problemas. Para una próxima vez tendremos que ser más precavidos, menos confiados. Aunque, pensándolo bien, si no se necesita ni la firma ni el consentimiento de mis padres, seguramente eso de abortar debe ser algo de menor importancia que el comprar tabaco o tener una cuenta corriente o sacarse el carnet de conducir.

— No cabe duda. Como mínimo, debe ser menos malo que fumar o ver a la ninfómana esa o tomarse una copa. Una nimiedad. Si pudiese votar, votaria por cambiarlo — pensé, antes de decir — Ernesto, dame un cigarrillo, porfa.



Y no dirigimos al McDonald,s más cercano. Cuando llegamos sentí un ligero escozor en mi interior. No era el recuerdo del legra, sino la imagen de mi firma estampada en mi historial clínico. Aquellos trazos, desde ese instante, empezaron a escocerme en el alma, mientras en mi mente comenzó a forjarse la duda de si lo que acababan de hacerme era realmente una nimiedad.

(Expansion literaria ante la carencia de valores de una Ministra y demás expertos)
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José Aguilar
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« Respuesta #1 en: 07 de Marzo de 2009, 18:00:22 »

Me ha gustado mucho el relato, jose31ca.
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Profesor Insipiente
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« Respuesta #2 en: 07 de Marzo de 2009, 18:28:43 »

.   A excepción del último párrafo, todo lo demás describe, a la perfección, a "La niña de Zapatero", o sea, la meta buscada concienzudamente por los diseñadores del actual sistema educativo.
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http://********/
Edu Fdez
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« Respuesta #3 en: 07 de Marzo de 2009, 18:31:54 »

Vaya, pensé que era de coña.
Ayer tuve la oportunidad de ver un debate en interconomía. El programa creo que se llama El gato al agua, o algo así. Intervenían, entre otros, Juan Manuel de PRada, Rubén Múgica y José Mª Carrascal.

Me impresionó ver que la mayoría de la gente que intervenía con la alcachofa en la boca está en contra de la nueva ley. Ya no somos un país progre, ¿o sí? Es un tema demasiado serio para hablarlo en plan de coña. Me abstendré de ironías.
Saludos.
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Pensad como hombres de acción, actuad como hombres pensantes." Thomas Mann.
José Aguilar
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« Respuesta #4 en: 07 de Marzo de 2009, 19:02:04 »

Siempre me ha chocado que se considere que el aborto es progresista.
Os dejo aquí un artículo de Miguel Delibes, ya antiguo, sobre este asunto.

ABORTO LIBRE Y PROGRESISMO (por Miguel Delibes)

En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión.

La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad.

De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante, en este dilema, es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.

La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado.

En lo concerniente a la libertad habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres.

Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.

Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para estos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire.

Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo.

El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión.

No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podía recurrir.

Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.
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Tannhäuser
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« Respuesta #5 en: 07 de Marzo de 2009, 20:57:29 »

Excelente relato, jose31ca. Ahora, unos datos.

La tasa de fecundidad en España sigue siendo una de las más bajas del mundo, de 1'39 hijos por mujer fértil (datos del INE en 2008) y desde luego se sitúa aún muy lejos de la tasa de reemplazo generacional, que es la que garantiza que haya tantos españoles en la próxima generación como en la actual. Considerando que el leve incremento experimentado por la tasa de fecundidad en los últimos años se debe a la creciente presencia de los inmigrantes, resulta que la tasa es bastante más baja para las españolas "nativas".

España, tras los Estados Unidos, es el segundo país del mundo en adopciones internacionales y el primero de la UE. El principal país al que se acude a adoptar es China, seguido de Rusia. A nadie pueden sorprender las dificultades que este tipo de adopciones entrañan para los solicitantes incluyendo las corruptelas administrativas de los países donantes, que suelen resolverse con el desembolso de grandes cantidades de dinero.

Actualmente, en España, se da la paradoja de que ciertos insectos tienen más derecho a ser protegidos que un feto humano y cualquiera puede recordar el asombroso debate político sobre el Proyecto Gran Simio, por el cual el PSOE hizo una propuesta de ley en el Parlamento para conceder ciertos derechos humanos a algunos tipos de simio.

En estos momentos, un comité de "expertos" en el cual sólo falta el doctor Josef Mengele acaba de recomendar a la ministra de Igualdad el aborto libre en las primeras 14 semanas, ampliables hasta las 22 si hay riesgo para la salud de la madre o posibles malformaciones fetales. Se da la paradoja de que muchos de los que aplauden este golpe eugenésico a la fecundidad española se escandalizan porque en una clínica norteamericana permitan elegir a los padres el color del cabello y de los ojos de sus hijos.

Resumiendo, tener hijos en España se ha convertido en una aventura incierta cada vez más llena de obstáculos. De tal modo que más que el derecho al aborto las mujeres españolas dentro de muy poco van a tener que luchar por el derecho a ser madres. Por otra parte, la paternidad/maternidad se ha pervertido de tal modo que se desdeña su forma natural y en cambio no se repara en gastos ni esfuerzos para conseguir la adopción de un niño extranjero.

Creo que somos muchos los que nos oponemos a esta deshumanización criminal, a esta agresión al derecho más elemental del ser humano y debemos poner todos los medios para frenarla.
« Última modificación: 07 de Marzo de 2009, 21:04:35 por Tannhäuser » En línea
Luzroja
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« Respuesta #6 en: 07 de Marzo de 2009, 21:59:16 »

La niña (no la de Rajoy) es violada sistemáticamente y a los 9 años, además, se queda embarazada...¿Hay algún guapo en el foro que le pueda obligar a la chiquilla a tener, críar, educar, amar y mantener a ese hijo impuesto?
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CEP_Orro
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« Respuesta #7 en: 07 de Marzo de 2009, 22:18:53 »

Pero ese supuesto ya estaba contemplado por la anterior ley.

Esta niña es un caso extremo. No creo que la "niña de Zp" deba ser el pivote y la referencia para legislar.

Si legislamos atendiendo a comportamientos y situaciones extremas (véase atentado Torres Gemelas) las leyes serían otras y extremosas.

Rajoy parecía querer legislar para procurar situaciones bien distintas a todas las niñas.
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Luzroja
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« Respuesta #8 en: 07 de Marzo de 2009, 22:21:54 »

Por lo tanto, Cep, se puede interrumpir el embarazo.
Ahora hay que moralizar los motivos...je,je,je.
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Luzroja
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« Respuesta #9 en: 07 de Marzo de 2009, 22:26:42 »

El feto de la niña de 9 años es también un ser "vivito" que podrá ser alguien...¿Por qué a él si se le puede liquidar? ¿No es un inocente absoluto? ¿Es él un feto de segunda o de tercera?....

Es preciso clarificarse.
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CEP_Orro
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« Respuesta #10 en: 07 de Marzo de 2009, 22:40:22 »

Me encanta que me llamen Cep.  Indeciso
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« Respuesta #11 en: 08 de Marzo de 2009, 00:07:02 »

Te pillé <luzroja>
 Sonreir
De <luzroja>
En la escuela de hoy, sí serían admitidos.
Pero no hay que buscar casos insólitos, cuando yo era chico solía venir de vez en cuando una muchacha menuda y jorobada a mi casa para que mi padre le leyera y le escribiera sus cartas.  Aquella ceremonia se hacia en privado, de forma desinteresada y con un profundo respeto, jamás supimos nadie qué leía mi padre ni qué escribía, pero un día pregunté por qué ella no sabía ni leer ni escribir, mi padre me contestó que por ser jorobada no había ido a la escuela.


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Luzroja
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« Respuesta #12 en: 08 de Marzo de 2009, 00:30:07 »

Cep, nada de eso, no me has pillado.

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José Aguilar
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« Respuesta #13 en: 08 de Marzo de 2009, 00:42:03 »

Cuando, mientras explicamos, un alumno da un grito, arroja una tiza o se pelea con otro, decimos que "interrumpe" la clase. Tras restablecer el orden, la clase continúa.
Es evidente que si "se interrumpe" un embarazo no hay manera de que continúe. No es inocente la utilización de ese sintagma, "interrupción del embarazo", en lugar de "aborto". Es una manera de quitarle dramatismo. De quitarle realidad.
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Luzroja
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« Respuesta #14 en: 08 de Marzo de 2009, 00:52:09 »

Y te diré, Cep, el porqué:
En primer lugar, no es insólita la violación a mujeres y su embarazo, y como no es insólita, la ley del aborto actual, la contempla.
En segundo lugar, ampararse en el "no al aborto" porque es un ser vivito e inocente, nos lleva de bruces a negarle el aborto a nuestra niña violada sistemáticamente y embarazada.
En tercer lugar, no se puede legislar para lo insólito, sino para la norma, eso es cierto, pero la norma no es algo que se formó al principio de los tiempos y seguimos con ella per secula seculorum.  De hecho, podríamos adoptar la norma de ciertos pueblos africanos que ante un exceso de natalidad y la fatalidad de no poder sostener a todos los nacidos, hace que las embarazadas en ese período de tiempo adverso, aborten tirándose de nalgas desde las ramas de un árbol, lo hacen una y otra vez hasta que el feto es abortado. Se le entierra con el nombre: "el que no pudo ser". 
En cuarto lugar, la ley dejaría de legislar para lo que tú has insiunado como insólito, si se dejase de supuestos y atendiera tan sólo a la llamada "ley de plazos".
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