
Señor Estupefacto: hay algo que no termina de cuadrarme de su discurso. Para empezar su propio nombre. Estupefacto, ¿por qué? ¿Cree usted acaso que las cosas no están lo suficientemente claras, qué no ha pasado el tiempo suficiente como para salir de la estupefacción y pasar a un estado menos dubitativo? ¿A qué viene tanto derrotismo? ¿Es que el profesorado ha intentado alguna acción que justifique esa actitud? Es cierto que ha habido grupos minoritarios de profesores que han intentado cosas importantes: pero la gran mayoría no ha hecho nada. Insisto en que aún no sabemos de qué somos capaces, por lo tanto, el lamento y la elegía están de momento poco justificados. El error es justamente el contrario: el creer que porque te digan que tienes unos derechos, simplemente los tienes (y, ¡claro!, sin luchar por ellos). Nadie se puede lamentar por aquello que ha perdido sin luchar, sin oponer la más mínima resistencia. El discurso logsiano (y cosas peores) están fuertemente arraigados en la conciencia del profesorado. La gente sigue hablando (en abstracto, claro) de la calidad de la educación, e incluso cuando se trata de defender algo tan elemental como lo propio (familia, patrimonio, derechos) intentaqn adoptar un punto de vista tan aséptico y profesional que no lastime a nadie. O bien no se da cuenta, o no se quiere dar cuenta: en una sociedad como la española, cuando se hacen defensas tan objetivas y asépticas de las cosas, nadie le toma en cuenta a uno. Pretendemos que se acepte nuestros argumentos porque son patéticamente altruistas y ese patetismo se nos contagia y nos hace parecer ante los demás seres lastimosos. La demanda de compasión sólo provoca una cosa en sociedades como ésta: desprecio y rapacidad. Y eso es lo que tenemos: el desprecio de todos y la rapacidad de los que nos quitab nuestros derechos (incluidos los económicos).